Rocío Molina: “Para perseguir la libertad he tenido que desapegarme de lo flamenco”

Rocío Molina nunca ha sido una artista que se conforme con repetir una fórmula. Su nombre, asociado durante años a la vanguardia del flamenco, encarna una revolución silenciosa —y a la vez ruidosa— que ha hecho temblar los cimientos de un arte históricamente ligado a la tradición. Su última declaración, contundente y honesta, resume ese viaje personal y creativo: “Para perseguir la libertad he tenido que desapegarme de lo flamenco, de la figura masculina y de lo gitano.” Para muchos, una frase desafiante; para ella, un acto de sinceridad profundo.

Desde sus primeros pasos, Rocío Molina ha demostrado un talento feroz que la llevó a brillar en escenarios internacionales, pero también un espíritu inquieto que la empujó a romper límites. Lo que hoy conocemos como “su” flamenco —un universo híbrido donde conviven la danza contemporánea, la teatralidad radical y la deconstrucción del movimiento— es fruto de un proceso que ha implicado soltar capas, romper moldes y enfrentarse incluso a su propia identidad artística.

Cuando menciona el desapego de “lo flamenco”, no habla de una renuncia, sino de una transformación. Para encontrar su voz auténtica, Rocío ha tenido que enfrentarse a la presión que implica pertenecer a un género donde los puristas exigen fidelidad absoluta. Ella eligió el camino contrario: hacerse preguntas incómodas, reescribir la estructura, cuestionar incluso cómo se habita el escenario. Su baile ya no se conforma con marcar compás, sino que se convierte en una exploración casi filosófica del cuerpo y de sus posibilidades.

El segundo desprendimiento, el de “la figura masculina”, toca un tema aún más profundo. Durante décadas, el flamenco ha estado atravesado por roles muy definidos, donde lo masculino ha sido una referencia constante, tanto en la coreografía como en la narrativa. Rocío, sin embargo, ha decidido construir su propio lenguaje, uno que no se somete a esas jerarquías. En su obra, la feminidad no es delicadeza ni adorno: es fuerza, es vulnerabilidad cruda, es cuerpo en resistencia, es una mujer que no necesita permiso para ocupar el centro del escenario.

El tercer aspecto —desapegarse de “lo gitano”— es quizá el más polémico, pero también el más honesto. El flamenco tiene raíces gitanas incontestables, pero también ha sido apropiado, reinterpretado y globalizado. Rocío reconoce esa herencia, pero no se siente obligada a reproducirla desde la imitación o la nostalgia. Su búsqueda de libertad la ha llevado a tomar distancia de cualquier etiqueta cultural que limite su capacidad de experimentar. Y su trabajo, lejos de borrar esa raíz, la resignifica: la transforma en un impulso creativo más que en una frontera.

Lo interesante es que, pese a estos “desapegos”, su arte sigue siendo profundamente flamenco en esencia. No en lo superficial, sino en lo más importante: la intensidad emocional, la entrega total, la valentía de exponerse, la obsesión por la verdad escénica. Eso es lo que conecta su obra con la tradición, aunque la forma sea completamente distinta.

En cada espectáculo, Rocío Molina construye un espacio donde el público no solo mira, sino que se enfrenta a su propia idea de libertad. Sus coreografías son explosivas, fragmentadas, viscosas, delicadas y abruptas. Hay silencios que pesan como martillazos y movimientos que parecen arrancados desde dentro. Su cuerpo es un instrumento, pero también un manifiesto.

Estas palabras, lejos de ser una ruptura con su pasado, son el reflejo de un viaje en el que la artista ha decidido priorizar la autenticidad sobre la complacencia. En un mundo donde muchas veces se espera que los artistas representen ciertas identidades de manera rígida, Rocío Molina opta por escapar de todas ellas. Y en ese movimiento, encuentra una libertad que no solo transforma su obra, sino también la propia definición de flamenco en el siglo XXI.

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